El Coronil

Una mancha de cal extendida sobre la tierra de labor

El Coronil foto de Escapada rural

 

Desde lo alto de un cerro empinado, por sorpresa, aparece El Coronil a la vista del viajero, en medio de la A-375, como una mancha de cal viva extendida sobre la tierra de labor. A principios de verano impactan a su alrededor los colores verdes y amarillos de los girasoles y los dorados de los trigales recién segados; un colorido andaluz y campesino, rural y bruñido, que aguijonea los sentidos del viajero y preconiza la esencia natural y antigua de los pueblos de la Vía Verde. El Coronil es el primero de ellos, y junto a ese aroma limpio de los campos andaluces que trasmina la piel y el pensamiento, puede olerse la ranciedad vetusta de la historia, las tradiciones y las leyendas más añejas envejecidas por los días y las palabras.

 

Desde lo alto del cerro se ve levantarse orgullosa la torre de una iglesia en el centro del pueblo, apuntando a las nubes con su espadaña celeste y blanca, como buscando con disimulo pasar desapercibida entre los colores del cielo andaluz. A sus pies, el pardo de los tejados se difumina con el blanco de las casas. Aquí abundan restos del paleolítico, de la Edad del Cobre y del Bronce, de las culturas romana, visigoda y árabe, y en las cercanías del perímetro urbano estuvo ubicada la antigua Callet de los túrdulos, tributaria de Roma. En la villa hay dos castillos, uno entre las casas, el castillo de las Cinco Esquinas, cuyas murallas se conservan en magnífico estado y que fue levantado por los musulmanes allá por el s. XI sobre cimientos muy anteriores y otro a dos kilómetros del pueblo, en dirección a Montellano, llamado de las Aguzaderas, inverosímilmente inalterado, majestuoso y romántico, que estimula a primera vista la curiosidad del viajero.

 

Sobre este castillo de las Aguzaderas se cuentan numerosas leyendas en El Coronil cuyas raíces es posible indagar pero cuya veracidad resulta difícil contrastar. Son historias que galopan por el tiempo a lomos de la leyenda y que contemplan de cerca el paso de la historia sin que ésta pueda testimoniar su autenticidad. Y es preferible a veces que sea así, que ciertas historias se conserven dibujadas en los lienzos de la memoria con los colores atribuidos en su día por los artistas populares, pues sin duda el albedrío es la fuente del arte de la que más fresca mana el agua. Las leyendas de El Coronil son para oírlas a media tarde, contadas por algún abuelo en el parque de la Marcela, junto a la casa del mismo nombre, una edificación elegante, al estilo del norte de España, de dos plantas, con fachada hacia la villa pero aislada de ella, rodeada de árboles y ubicada sobre un pequeño montículo de piedra.

 

Cuentan que Magdalena de Luis Díaz, la Marcela, era hija de un rico comerciante italiano afincado en las islas, y que habiendo quedado en cinta siendo soltera, y temiendo el padre que dicha circunstancia lo perjudicara en sus negocios, la exilió a El Coronil, donde le construyó una lujosa casa en 1888. Aquí la visitaba con frecuencia su amante Marcelo Cerrutti, de ahí su apodo, y cuentan que en la casa se daban a menudo lujosas fiestas y reuniones de negocios. Un mal día Marcelo desapareció sin dejar rastro. Magdalena, fumadora empedernida, tenía un retrato suyo al que hizo un agujero en los labios, y allí, acosada día y noche por la nostalgia, colocaba un cigarro encendido, como queriendo revocar los designios del destino, en permanente hostilidad con las ausencias definitivas. La Marcela siguió en la casa malvendiendo lo que pudo, y al final de sus días dependía casi de la caridad de los coronileños, quienes cuentan que su dignidad permaneció intacta. En la casa vivió hasta su muerte, y perdura para siempre en la villa desprendiendo un inconfundible halo de romanticismo y misterio, transportando al viajero a unos tiempos en que los grandes amores eran incompletos y desgraciados, apasionados y arrebatadores.

 

En realidad, los amores que con más fuerza se han grabado en las páginas de la historia o en los pliegues indelebles de la memoria popular han sido siempre así. Cuenta la leyenda que en el castillo de las Aguzaderas, allá por el s. XIV o XV, cuando estas tierras fronterizas con el reino de Granada eran lo que hoy conocemos como Banda Morisca, habitaba el castillo de las Aguzaderas un destacamento de cristianos que en tiempos de paz labraba la tierra y en tiempos de guerra combatía al moro. Su capitán, alojado en la torre con sus familiares, tenía una hija que consideraba lo más preciado de la vida.

 

Una noche, mientras la joven abrevaba a las ovejas en la fuente del castillo bajo la luz de la luna, ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre. Durante aquellas largas treguas, los moros del otro lado de la frontera hacían frecuentes incursiones en la Banda Morisca, principalmente para cazar. Uno de ellos, perdido en los bosques durante una de las correrías, vino a dar al castillo, con tan mala fortuna o tan buena, que vio a la hija del capitán abrevando al ganado y ya no pudo imaginar la vida sin ella. Permaneció en los alrededores de la fortaleza durante algún tiempo, para verse con la muchacha por las noches y vivir ese mundo inefable que los amantes conciben cuando aman, y que sólo prospera en el mundo de los poetas. El padre del moro, señor de influencia allende la frontera, siguió su rastro hasta las Aguzaderas. Creyendo que los cristianos lo tenían preso, lo reclamó a voces mientras los de dentro se aprestaban a la defensa. Cuando el choque parecía inevitable, los dos se dejaron ver y descubrieron sus cartas. El capitán cristiano, avergonzado, encerró a su hija en la torre, y el moro regresó a Ronda con el hijo. Pasados los días, el amante volvió y, de noche, escaló la muralla. Ya en el adarve intentó alcanzar la torre, pero allí fue descubierto por la guardia. Al griterío, la hija del capitán se asomó al ajimez y, tratando de ayudarlo, cayó con él a las rocas donde se sustenta el castillo y que le han dado nombre, pues allí era donde los jabalíes de los bosques cercanos tomaron la costumbre de aguzar sus colmillos.

 

Desde entonces y a lo largo de los siglos, dicen que la sombra de un guerrero hace ronda por las noches en el adarve, de un lado a otro del lienzo. Dicen que es el alma de aquel moro que aún busca con insistencia los ojos de la cristiana para encontrar la paz que perdió para siempre la primera noche que la vio en la fuente abrevando al ganado. Los que lo han visto, que son muchos, dicen que es mitad sombra y mitad luz. Se ve que los fantasmas, como los vivos, ni son del todo buenos ni del todo malos.

 

El castillo de las Aguzaderas, a diferencia del resto de castillos de origen defensivo, no se alza sobre ningún cerro, sino que despliega sus murallas en un llano, en medio de los trigales dorados, junto a una fuente, que es la que guarda. La planta es cuadrada, con torres semicirculares en los frentes y cuadradas en las esquinas. Es íntegramente visitable, sin horarios de apertura. El viajero puede acceder a él desde el pueblo, haciendo senderismo por la vereda de las Aguzaderas.

 

Ya en el pueblo es obligatoria la visita a la iglesia de Nuestra Señora de Consolación, en la plaza Virgen de los Remedios, que luce una torre de origen mudéjar, una bellísima cajonería de madera tallada del s. XVII y un cristo pintado por Francisco Pacheco, el inmortal sanluqueño amigo de El Greco y maestro de Velázquez, su primera representación de un crucificado con tan sólo tres clavos. En esta iglesia es digno de ver el órgano construido por el famoso organero Antonio Morón, una de sus obras más destacadas, y las pilas bautismales, las más originales que puedan verse, pues son de almejas gigantes que un marinero trajo de Filipinas por la época en que el sol no se ponía en el imperio.

 

Mucho más discreta es la capilla de la Vera Cruz, a la que los coronileños llaman “El convento”. Situada a las afueras de la villa, acogió a los Carmelitas Descalzos, y fue refugio de pobres y caminantes en los años en que fue hospital. Aquí puede admirarse la impresionante talla del Cristo de la Vera Cruz, atribuida a Juan de Mesa o a Martínez Montañés, y que procesiona el Viernes Santo por las calles de El Coronil. Hermosa y humilde capilla enjalbegada en cuya pequeña espadaña mora la lealtad de las cigüeñas, una de las estampas más rurales que jalonan los pueblos de la Vía Verde de la Sierra. También es de obligatoria visita la pequeña iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, que se arropa en una tranquila plaza propensa al descanso y a la reflexión y que alberga en su interior lienzos y esculturas de los siglos XVII y XIX. Es un buen lugar para iniciar un largo paseo por las calles de El Coronil, pues si a algo invita este pueblo es a pasear, ya sea por el cómodo trazado de sus calles llanas, por el ambiente rural que se respira en cada esquina o por el paisaje hondamente popular que dibujan los propios coronileños. Uno de estos coronileños es Francisco de Paula Galbarro Rodríguez, quien con gran paciencia y afán ha recopilado muchas leyendas orales de El Coronil, en lo que demuestra el amor a su pueblo, a la memoria y a la cultura de sus antepasados.

 

Si el viajero quiere disfrutar de un agradable rato de tertulia y adentrarse en las más ancestrales historias de El Coronil, Francisco de Paula se brindará a contarlas con todo detalle, tal como se contaban hace tres siglos, porque la gente de esta villa es sabia y sencilla, campesina y hospitalaria, constante y combativa, como lo ha demostrado a lo largo de la historia, la lejana y la reciente. En pueblos como El Coronil se conserva intacta la esencia rural de Andalucía, de los andaluces y andaluzas que viven de sus manos y cuyo sudor huele a dignidad y a prestigio. Estos llanos coronileños desprenden un aroma perpetuo a reivindicación y rebeldía, a nobleza y libertad, a la orgullosa humildad de esa Andalucía jornalera y silenciada que diariamente entresaca de la tierra los frutos que la sustentan y que más que la riqueza ambiciona el respeto.

 

En el mes de julio se hace en este pueblo el Festival Flamenco de Las Aguzaderas, en el incomparable recinto del castillo, una experiencia casi mística para los amantes del cante, para esos poetas andaluces y populares capaces de hilvanar en el cielo las estrellas del verano con las cuerdas de una guitarra, con las voces infinitas de cantaores como El Lebrijano, Antonio Canales y El Cabrero. En este lugar de la campiña el arte se agarra cada verano a la sangre y a la garganta de los andaluces que acuden a Las Aguzaderas desde sitios muy lejanos con la esperanza de saborear las tradiciones andaluzas más hondas. Aquí el viajero puede extasiarse con los sones de una guitarra bien templada y con los sabores de esos platos de pueblo cuyas recetas permanecen en la memoria de los artistas culinarios locales, y que por un precio más que razonable ofrecen de corazón al visitante. Son famosas las chacinas, especialmente la morcilla de asadura.

 

Aquí se hace un arroz con chorizo casero de matanza que quien lo pruebe regresará para volverlo a comer y si se acompaña de una ensalada de coles con productos del lugar, que la col estimula el apetito, el resultado es inolvidable, y difícilmente se podrán comer en otro sitio unos platos más sabrosos y sencillos que éstos. Los coronileños preparan con maestría las habas con arroz y las sopas tostas, que son como unas tortas exquisitas elaboradas con ajo, panceta, chorizo y pan. El viajero tiene que probar también las codornices en salsa y la sangre de cerdo con tomate, platos que aquí se hacen como antiguamente los hacían nuestras abuelas. Y el mejor de todos los postres son las migas dulces, que tienen al paladar una textura inolvidable, e igual de buenas están con azúcar que con chocolate, miel o uvas pasas.

 

Para comer decentemente hay muchos lugares en El Coronil, lugares que el viajero guardará en la memoria y sin duda recomendará a sus amistades. En el restaurante Los Tulipanes puede probar las tagarninas, el revuelto de la casa y las carrillada, que aquí preparan con esmero; en el bar Viruta las carnes ibéricas y el pescado fresco y en el restaurante Cabezas Hidalgo, en la calle San Sebastián los mejores guisos caseros, los pirujos coronileños y las costillas al aroma de la villa. En el Centro Diamantino García, un espléndido edificio que los jornaleros y jornaleras de El Coronil levantaron con incontables esfuerzos, puede comer el viajero las carnes a la brasa, el jamón ibérico y los caracoles, además de recrearse en un edificio que refleja el tesón, el sacrificio y el afán de los coronileños. En Casa Rafael puede probar las albóndigas caseras y en Casa Don Juan los rollitos de calabacín rellenos de jamón y gratinados con queso, muy elaborados y que son una delicia al paladar. En el restaurante Hermanos Pastora, la especialidad son los arroces, las carnes a la brasa y los mariscos, y en el Miguel Camas las comidas caseras, el arroz con perdiz y conejo y las carnes ibéricas. En el Bar Restaurante de la Vega encontrará excelente comida casera y un ambiente hogareño inconfundible. En Casa Curro es para ir a comer de verdad, con hambre de dos días y sin prisa. El viajero no ha estado ni estará nunca en otro lugar donde sirvan con más abundancia y generosidad la gran variedad de comidas caseras que Curro arrima a la mesa con denuedo, como si en ello le fuera la vida. En Casa Curro es indispensable probar las tagarninas esparragás y la carne con tomillo y almendras. Ya en la carretera de Montellano, en el mesón El Salado, hay que detenerse a paladear las carnes a la brasa y el bacalao frito. Para dormir, el Hotel El Bosque y el Hostal Maras.

 

El Coronil queda en el recuerdo del viajero como un pueblo de robusta sencillez, como son sus gentes: sencillas, trabajadoras, humildes, dignas y carentes de avaricia y al mismo tiempo fuertes y curtidas en las labores agrícolas más duras. Al pasar por aquí tiene uno la impresión de que la gente es feliz con poco. La luz reverberante y el paisaje despejado, la estampa del pueblo, como dejada caer en los llanos, nos dibujan un esbozo del alma de sus vecinos. Cuenta Francisco Galbarro una leyenda que ilustra sobremanera el pensamiento hondamente sabio y honesto de los coronileños. Cuenta que hace muchos años vivía una familia de campesinos en los alrededores del castillo; labraba la tierra y vivía feliz. El primogénito, debido a los sufrimientos en el parto, nació con cierta deficiencia mental, y todo su afán era jugar a todas horas en el castillo dejando que las piedras y las formas excitaran su imaginación. Durante uno de aquellos juegos desencajó una piedra de la muralla y en el hueco halló una vasija llena de polvo amarillo. Se la trajo al pueblo, fascinado. Dejó atrás la viña de los Pinos y bajó por la vereda de Churriana hasta las primeras casas de El Coronil dejando tras de sí un reguero de oro, pues desconocía el valor de aquel polvo pesado que escapaba de sus dedos y cosquilleaba la palma de su mano. Cuando mostró en el pueblo lo poco que quedaba en la vasija el escándalo fue mayúsculo, pues era día de mercado y la gente llenaba las calles. Cuentan que un joyero de Utrera que por casualidad andaba en el pueblo pagó un buen precio por el resto del oro, lo suficiente para aliviar en parte las muchas calamidades de la familia. El resto se había perdido para siempre. Y cuando algún vecino socarrón recordaba a los padres la fortuna que había tirado el hijo, éstos respondían siempre: “No nos sobra el dinero, pero somos capaces de trabajar y tener lo suficiente para seguir adelante”.

 

Muchos años después parece que los coronileños siguieran optando por el trabajo duro y el esfuerzo diario antes que por la riqueza fácil. Tal el es espíritu de estos andaluces sencillos y esforzados, en su mayoría jornaleros, braceros de los trabajos agrícolas más duros, como podrá comprobar el viajero cuando sus pasos lo traigan a este singular pueblo de la Vía Verde de la Sierra. Tampoco olvidará nunca la hospitalidad de la gente ni su afán por hacer prosperar la tierra, ya sea mejorando los cultivos tradicionales o apostando por otros nuevos que empiezan a embellecer el paisaje con colores diferentes. Al abandonar El Coronil el viajero sabe que ha dejado atrás una fuente de sabiduría a la que algún día regresará para seguir bebiendo.

 

Fuente: La trastienda de la memoria. Un viaje por los pueblos del entorno de la Vía Verde de la Sierra, de José A. Illanes (Ed. Consorcio Vía Verde, 2008).

Fotografías de Escapada Rural y Tres Fotógrafos / Consorcio Vía Verde.

 

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